Generalitat de Catalunya - www.gencat.cat
llegir ens fa més grans Biblioteques Públiques de Catalunya Sant Jordi 2009. Llegir per Sant Jordi, llegir tot l'any.
llegir ens fa més grans Biblioteques Públiques de Catalunya Sant Jordi 2009. Llegir per Sant Jordi, llegir tot l'any.

Ejemplar Único

autor: Manuel Baixauli
Ilustraciones: Leonard Beard

llibre i ulleres sobre una taula

No hay más misterio. Un libro pequeño, de tapas duras, negras, que hiede a polvo y a humedad, con el título Diálogos apenas visible, grabado sobre la cubierta. Tosco de aspecto, más tosco todavía si examinas su interior: hojas negras, sin márgenes, pintadas a mano, con tinta. No todas. Una -sólo una- de papel ocre, envejecido, dónde se encuentra -lo llamaré así- el prólogo, un texto escrito a pluma, con letra de insecto, poco inteligible, tupido, también sin márgenes, dónde se explica cómo leer el libro, cómo hacer uso de él.

una exfàbrica modernista de productes químics, restaurada, magníficament condicionada

Diálogos existe para mí desde poco después del traslado, cuando por fin abandonamos la biblioteca vieja -aquel cuchitril hinchado de volúmenes- y estrenamos este espacio, una ex-fábrica modernista de productos químicos, restaurada, magníficamente acondicionada. ¡Vaya cambio! Al margen de que apenas podíamos movernos, allí pasábamos frío en invierno y calor en verano, y cuando encendíamos estufas o conectábamos el aire acondicionado, saltaban los plomos. Aquí tenemos siempre la misma temperatura, yo trabajo en mangas de camisa, ni frío ni calor. El edificio es amplio, cómodo, luminoso, emblemático. Y está provisto como Dios manda. Tenemos, por ejemplo, la sección de audiovisuales, cine y música, que allí nos faltaba. Películas de Tarkovski, Ozu, Bergman, Bresson, Kiarostami, Oliveira, etc. Y música, una barbaridad: integrales de Bach, Monteverdi, Mozart, Bruckner... Por una vez, no había perdido el tren y viajaba en primera. En la entrada había un corro de sofás y butacas dónde uno puede leer libros, periódicos o revistas tan a gusto o más que en casa; asientos blandos, comodísimos, dónde más de uno se amodorra.

El trobí dins d’una de les últimes caixes

Diálogos. Lo encontré en una de las últimas cajas que trajimos de la biblioteca vieja, pertenecía a una donación anónima. No era la única caja cerrada que teníamos por allí. Al no caber nada más ni en los estantes ni en las mesas, lo que recibíamos se quedaba sin abrir, en espera del traslado. En la caja no figuraba el nombre del donante, como tampoco figura el nombre del autor en el libro. ¿Quién fue su artesano? Me lo pregunto a menudo. ¿El propio donante? ¿Y quién fue, el donante?

Yo clasificaba y distribuía los volúmenes cuando apareció ante mí aquella cosa negra. Un ejemplar único, ajeno a la imprenta, hecho a mano. No me recreé en él: había poco que ver, poco que leer. Una simple curiosidad. Pero entonces, mientras fichaba el resto de volúmenes de la caja, llegó Tadeu, me saludó, se quedó mirando los libros clasificados y avistó Diálogos. Tadeu: ronda los cuarenta, soltero, no trabaja, le han concedido la baja por no sé qué enfermedad, quizá vive solo o con sus padres, dispone de todo el tiempo del mundo o eso parece, porque viene cada día desde que estamos aquí, en la biblioteca nueva. Tadeu llegint el llibre Tadeu lo lee todo, todo, clásicos más que nada, y siente inclinación por los escritores malditos. Literatosis aguda. Dice que habla y lee un montón de lenguas, siempre pide versiones originales que a menudo nos faltan. ¿Qué haría, Tadeu, sin libros? Feo, flaco, estrábico, maniático, introvertido, circunspecto, con gafas de culo de botella. A menudo comentamos lecturas y nos hacemos recomendaciones. La última que me ha sugerido: Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline. Tadeu cogió el libro negro, leyó el título, lo abrió y se quedó boquiabierto. Cada hoja negra que pasaba aumentaba su fascinación. Me miró, perplejo. Le expliqué su procedencia. Se paró a leer el prólogo, pero no lo acabó. “Me lo llevo”, dijo. “No, no puede ser -dije yo-. No es de préstamo, sólo de consulta. Es un ejemplar único.” “Claro -dijo, decepcionado-. Voy a hojearlo aquí”, y se dirigió hacia una mesa vacía, con Diálogos en las manos.

Yo continué con mi trabajo, y no hubiese observado a Tadeu de no ser porque sabía que ese libro no tenía más que una sola página legible, y que el resto eran hojas oscuras, lisas, idénticas. Me fijé porque Tadeu se pasó dos horas con el libro y porque -de esto me di cuenta luego- Tadeu no dejaba de hablar.

Loco, pensé yo. Le falta un tornillo. De hecho, es inteligente pero tiene pinta de chalado, siempre en gabardina, las manos siempre dentro de los bolsillos, y aquella mirada estrábica, excesiva. No había ninguna duda: la baja provenía de ahí.

A la hora de cerrar, vino a devolverme el libro. Tenía los ojos trastornados.

Va seure en la mateixa taula buida

Al día siguiente, Tadeu entró en la biblioteca y me pidió, casi sin mirarme, como quién no quiere la cosa, Diálogos. Se sentó en la misma mesa vacía, lejos de mí, y volvió -imposible no fijarse- a hablar solo. Y solo continuó hablando los días siguientes, ante aquel ejemplar insólito. Yo no me atrevía a preguntarle, su aspecto me inspiraba desconfianza, estaba más parco y enjuto que nunca. Además, tenía aquel brillo, aquel delirio que le bailaba en los ojos esquivos. Cada vez estaba yo más convencido de su desequilibrio, de que en aquellos momentos estaba sufriendo una crisis. Sucede a menudo, con los dementes: pasan temporadas. Daba miedo, y pena.

l’àvia em tornà l’exemplar amb els ulls plorosos

A los pocos días, Tadeu dejó de ser el único usuario de Diálogos. Se presentó una abuela muy de pueblo, nunca antes vista por la biblioteca, vestida de negro, con un pañuelo cubriéndole la cabeza, y que tenía poca -más bien ninguna- pinta de lectora. De hecho, le costaba ver de cerca, apenas distinguía las letras. ¿Sabía leer? No lo sé. Tenía alguna relación con Tadeu (¿madre?, ¿tía?, ¿vecina?) pues habían entrado juntos, y él la había acompañado hasta el estante dónde yo había ubicado Diálogos. Se lo ofreció, la hizo sentarse en la mesa habitual, la más tranquila, le explicó algo y la dejó sola. ¿Sola? Al minuto, la vieja empezó a hablar. No como Tadeu, que disimulaba, sino con una gesticulación y una voz excesivas, que provocaron los murmullos y las risas de unos jóvenes sentados cerca. Dos horas después, la abuela me devolvió el ejemplar con ojos llorosos, infinitamente agradecida.

Vaig assumir el compromís de donar hores i d’aplicar rigorosament els torns

Ella no vino tanto como Tadeu, pero volvió. ¡Ya lo creo, que volvió! Cada vez que venía me traía pastas o galletas que había hecho ella misma. Pronto no fueron solo Tadeu y la vieja, pronto vino más gente. Todos nuevos para la biblioteca, todos buscando el mismo libro, y acurrucándose en la misma mesa para hablar sin estorbos. Mientras alguien tenía Diálogos abierto, siempre había alguien más que esperaba su turno. Algunos se traían la merienda, algunos, para aligerar la espera, se enfrascaban en una tertulia, e incluso había alguno que se echaba una ruidosa siesta. Se produjeron discusiones, pleitos, gritos... No, no exagero. Un berenjenal. Se veía bien claro que la mayoría de aquellas personas no habían pisado una biblioteca en su vida, y desconocían las normas de conducta. ¿En qué lío me había metido? Harto de regalitos, de insinuaciones deshonestas, de acusaciones de parcialidad, puse un poco de orden y establecí listas de espera. Asumí el compromiso de dar hora y de aplicar rigurosamente los turnos, con la condición sine qua non de que los peticionarios se esperasen en la calle.

Diálogos se convirtió en el libro más solicitado de la biblioteca, por encima de los best-sellers. Lo forré con plástico transparente, ya se empezaba a estropear, las páginas amenazaban con soltarse.

A l’instant vaig veure el pare, davant meu

Aquello no podía ser tan solo la obsesión de un loco, era algo más. Necesitaba saberlo. Una noche, cuando me quedé solo antes de cerrar, cogí el libro y me senté en la mesa de Tadeu. Lo abrí y descifré, paciente, el prólogo. Explicaba cómo tenías que mirar las páginas negras si querías conversar con alguien ausente. Ausente, desaparecido, ¡muerto! Sentí prevención, pero yo quería llegar al fondo, saber a qué atenerme. Pensé en mis padres muertos. Sólo podía ser uno. Lo probaría con mi padre. Si las cosas iban bien, pensé, la próxima vez hablaré con mi madre, y después con amigos, compañeros y vecinos que echo en falta. Seguí puntualmente las instrucciones del prólogo. Al instante vi a mi padre ante mí, tal como lo había visto tantas veces, quizá un poco más reposado. Hablamos largamente, con placer, de muchas, muchas cosas.

vaig fer una llista de difunts a qui m’agradaria reveure

Comprendí la actitud de Tadeu y los demás. Ignoro con quién hablaban, pero lo imagino. Habitaciones vacías las tenemos todos en nuestro interior. En casa, después de cenar, hice una lista de difuntos a quienes me gustaría volver a ver.

La gran sala abierta no era el lugar adecuado para los usuarios de Diálogos; además de sentirnos incómodos, molestábamos al resto de asistentes a la biblioteca. Habilité una pequeña recámara que destinábamos, provisionalmente, a almacén, y la convertí en el Gabinete de Conversación. Insuportable, la pudor de fum que arribava a fer Lo vacié de trastos y papeles, e instalé en él dos sillas y una mesa. Un ventanuco deja que entre luz de la calle y ventila la estancia. Cada día pasan por ella ocho o nueve personas. No es moco de pavo. He redactado un reglamento de uso. No he tenido más remedio, la gente es egoísta y no piensa en los demás. Un límite máximo de una hora por sesión, por ejemplo. En una hora, si aprovechas el tiempo, se pueden decir muchas cosas. Hay que ser efectivo, traer un esquema o un guión preparado, no irse por las ramas. No puede ser que alguien se pase la mañana o la tarde entera ahí encerrado mientras otros esperan turno con ansia. No. Había que poner orden. También hay que tener en cuenta la higiene. Prohibido comer y beber. Lo dejaban todo en el gabinete y a mí me tocaba hacer de criado. Y prohibido fumar. Tuve que ponerme firme, en esto. Me dijeron de todo. Era insoportable, aquella peste a humo.

Y así desde hace un mes, desde que Tadeu descubrió el poder de Diálogos. Él mismo abrió una nueva vía, para mí imprevista. Totalmente convencido estaba yo de que todos hablaban con familia o amigos, y un día se me acerca Tadeu, terminado su turno, y dice: “¡Qué revelador! ¡Quién iba a decir que Joseph Conrad, que escribe en un inglés tan fino, lo hablara tan tosco! O quién podía imaginarse que Poe tuviera una voz tan cascada y un tic tan desesperante en el ojo izquierdo.” “¿Conrad? ¿Poe?” pregunté yo. “Ayer hablé con el primero -me dijo-, y hoy con Poe. Impone, pero pronto te acostumbras. No tienen ínfulas. Son más conscientes que nosotros de la insignificancia propia. O qui podia imaginar que Poe tinguera una veu tan cascada... De hecho, el contacto directo con ellos me ha decepcionado. No me malinterpretes: los admiro, y no poco, me he leído casi toda su obra. Y de ahí el desencanto. El concepto que tenía de ellos me lo había formado a partir de sus libros. ¿Y qué son sus libros? Lo más exquisito de ellos mismos, el fruto depurado de sus mentes, la punta del iceberg de su personalidad. Al natural, en cambio, ves o intuyes el resto del iceberg, la imperfecciones de lo que no está premeditado o reescrito.”

Deploré no saber el inglés suficiente como para mantener una conversación digna con Poe o Conrad, pero se me despertaron las ganas de tratar con otros escritores lingüísticamente accesibles. Ese día, precisamente, estaba terminando de leer Ficciones, de Borges, un libro de cuentos extraordinario. Borges abrió puertas dentro de mi mente. Me había fascinado, por ejemplo, Funes el memorioso, aquel joven que lo recuerda absolutamente todo, que puede reconstruir un día entero con cada minúsculo detalle, y que es incapaz de abstraerse y de pensar globalmente. Cuando Tadeu me habló de Conrad y de Poe, pensé: esta noche, cuando me quede solo, Borges. Y así lo hice. Ningún problema. Siguiendo el mismo procedimiento que con mis padres o con los amigos, al instante tuve a Jorge Luis Borges ante mí, vestido de gris oscuro, sujetando su báculo, con la mirada perdida y las cejas alzadas.

a l’instant hi havia Jorge Luís Borges davant meu

A mí, el Borges persona no me decepcionó. Quizá por la advertencia de Tadeu, quizá porque no tenía de él un concepto tan elevado -toleraba, dicen, algunos autoritarismos-, quizá porque lo esperaba riguroso o severo en extremo -en sus textos, poesía incluida, escasean las emociones no intelectuales-, el caso es que conversé con un hombre escéptico, tímido, de refinado sentido del humor, que sabía escuchar y que de lo único que parecía sentirse orgulloso era de su pasión por los libros. Un caballero. Hablamos poco de él y de su obra, siempre se desviaba hacia los libros de otros. Chesterton, Kafka, Kipling, Wells, London, Melville, Buzzati, Las mil y una noches, Wilde, Stevenson y muchos más, una retahíla de recomendaciones y comentarios que dilataron la conversación hasta que se hizo tardísimo y tuve que irme. Nos despedimos, y salí corriendo de la biblioteca.

Al día siguiente, después de una noche de insomnio con las palabras de Borges flotando en mi cerebro, cuando tuve que atender al primer usuario de Diálogos que figuraba en la lista, sufrí dos sobresaltos. Primero: Diálogos no estaba en su sitio. vaig veure que el Gabinet estava ple de gent, i vaig notar-hi l’ambient carregat... Registré la estantería y mi mesa: nada. La intuición me llevó al Gabinete de Conversación. Segundo y peor sobresalto: no podía abrir la puerta, alguna cosa se resistía, desde dentro. Poco a poco, empujando con fuerza, logré entreabrirla y metí el pie para evitar que se cerrara. Por la rendija, vi que el Gabinete estaba lleno de gente, y noté una atmósfera cargada. Imposible saber cuántos seres se amontonaban ahí, solo ocho o nueve recibían la luz pálida que filtraba el ventanuco. En pie, inmóviles, mudos, me miraban. Sobre la mesa: Diálogos, abierto.

¿Qué dije? No lo recuerdo. Cerré el Gabinete con llave. Ese día no habría conversaciones. A los inscritos en la lista de espera les dije que volvieran al día siguiente, que respetaría el orden de los turnos. No les hizo la más mínima gracia. ¡Qué le vamos a hacer! Estuve toda la mañana inquieto, desquiciado, mirando de reojo la puerta del Gabinete, sin poder concentrarme. A la hora de comer, antes de cerrar la biblioteca, abrí la puerta del Gabinete de par en par, sin mirar dentro, y me fui.

Por la tarde, el Gabinete estaba vacío. Recogí el libro.

Què feia aquell home vestit de mecànic, brut de greix,...

Entre el público habitual de la biblioteca, noté presencias extrañas. ¿Qué hacía ese hombre vestido de mecánico, sucio de grasa, sentado encima de una mesa? ¿Y la niña de dos o tres años que jugaba a abrir y cerrar la puerta de un armario? ¿Y la vieja que hacía ganchillo al lado de los ordenadores?... Y Borges. Borges palpaba, ansioso, libros de los estantes; con gran destreza los abría, se los acercaba a la nariz, los olía. Creo que su mente de ciego veía mucho de lo que a mí se me escapa. Borges palpó una de las pocas paredes libres de estantes, y de pronto se encaramó a ella, en posición horizontal, sin caerse, como si tuviera imanes en los pies. Estupefacto, vi cómo llegaba hasta el techo, y cómo giraba y se ponía del revés, con los pies arriba y la cabeza abajo, despeinado, con las canas manando de su cráneo. Aquel Borges inverso, aquel Segrob, avanzó a ciegas, confiado, apoyado en su báculo, haciendo toc, toc, toc. Y comprendí lo grande que había sido el error cometido al dejarme Diálogos abierto, toda una noche, dentro de la habitación. Segrob tropezó con una lámpara, y estuvo a punto de estamparse sobre una mesa dónde estudiaban tres chicas que se hubiesen llevado un susto de muerte. Segrob, però, s’agafà fort a la làmpada, i, després d’un balanceig... Segrob, sin embargo, se agarró con fuerza a la lámpara y, después de un balanceo de pronóstico incierto, consiguió recuperar el equilibrio, y avanzó lento, más cuidadosamente, quizá un poco dolorido, hasta la pared, por la que descendió en posición horizontal hasta plantarse en tierra y volver a ser Jorge Luis Borges. Y allí, sin prisas, decorosamente, se puso en orden las canas con las manos y se alisó la ropa. Todo un caballero.

Aquel error fatal, aquella pifia exigía una solución. Le di muchas vueltas. Muchas. Al fin, desesperado, se me ocurrió intentar una Sesión de Retorno. Dejé Diálogos abierto sobre la mesa del Gabinete y también dejé la puerta abierta. Tuve cuidado de que solo entraran ellos.

Borges fue el primero. No tardaron en seguirle los otros, incluida la niña de dos o tres años. Algunos, y no pocos, se quedaron fuera. ¡A saber dónde paran!

a l’instant eixí Tadeu esperitat, amb un fil de sang rajant-li del nas i les ulleres trencades...

Al cabo de poco eché un vistazo dentro del Gabinete: sólo había el libro. Lo cerré, y lo devolví a su estante. Al día siguiente, retomamos los turnos.

Medité sobre el poder y los peligros de Diálogos; lo había puesto en manos de demasiada gente, no siempre discreta. Y todo apuntaba a que la treintena larga de usuarios actuales se podía ramificar sin límite.

Mi dedicación a la biblioteca -¡el trabajo por el que me pagaban!- era mínima, y deficiente. ¿Cómo detener aquello? Y, si lo detenía, ¿cómo reaccionarían conmigo los usuarios de Diálogos? ¿Qué haría, por ejemplo, la mujer que hablaba con su hijo muerto?

I a l’intent de justificar-me ha respost llançant-me el llibre al cap, i després una cadira.

En medio de aquella hoguera de incertidumbre ardí yo hasta que una tarde, hallándose Tadeu dentro del Gabinete, oí truenos, gritos, insultos proferidos -eso me pareció- en francés. ¿En francés? Me acerqué a la puerta, cauteloso, e iba a llamar, pero en ese instante salió Tadeu como alma que lleva el diablo, con un hilo de sangre manando de su nariz y las gafas rotas en la mano. Tadeu cerró de un portazo y se dirigió hacia la calle. “¡Espera! -le dije yo- ¿Qué ha pasado?” Él dudó entre huir o atenderme. ¡Ahora sí que ponía ojos de trastornado! “¡Céline! -dijo, tembloroso- Louis-Ferdinand Céline. ‘¡Eres un gilipollas hijoputa!’, me ha espetado, ‘¡Un parásito! ¡Y todo esto son gilipolleces!’ Y al intentar justificarme yo, ha respondido tirándome el libro a la cabeza, y después una silla.” Tadeu recuperó, al contármelo, unas migajas de calma. Nos miramos unos segundos, quietos, en silencio.

Vaig entreobrir molt a poc a poc la porta, vaig mirar a dins. Ningú.

Poco había leído yo, de Céline. Sólo un libro, y no era el mítico Viaje al fin de la noche, sino Muerte a crédito. Suficiente, sin embargo, para saber quién era: un escritor agresivo, duro, peculiarísimo; y un hombre rabioso contra la humanidad, marcado por la crueldad y el absurdo de la Gran Guerra, que sufrió en carne propia. Un hombre rechazado por antisemita y por colaboracionista con los nazis, que detestaba las entrevistas y a quién la opinión de los demás le importaba un rábano. Su obra: un insulto -literariamente exquisito- al mundo..

Del Gabinete de Conversación no salía ruido alguno. Tadeu no quería volver. Yo sí lo hice, aprensivo, pasados unos minutos. Entreabrí muy lentamente la puerta, miré dentro. Nadie. Mesa y sillas tumbadas por el suelo. Alguna pata rota. Tadeu me observaba, tenso, forzando los ojos miopes. “Ven”, le dije. Él se acercó, lentísimo, inseguro. Entramos los dos, yo primero.

Pacientemente, pusimos cada cosa en su sitio. Excepto el libro.

No había ya libro alguno. Nunca más hemos vuelto a verlo.

 

Creative Commons License

Exemplar Únic by Manuel Baixauli ; Leonard Beard ; Jordi Colomer ; Departament de Cultura i Mitjans de Comunicació
is licensed under a Creative Commons Reconeixement-No comercial-Sense obres derivades 2.5 Espanya License.

 

Avís Legal | Accessibilitat | Sobre el web | © Generalitat de Catalunya